The official webpage del césar Espino Barros - El gigante y la villa - texto y música
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EL GIGANTE Y LA VILLA

 

Como seres humanos que somos, para nosotros la vida es un todo, independientemente de cuestiones religiosas. Comienza con el nacimiento, termina con la muerte. Si no recordamos nada anterior a nuestro nacimiento, probablemente tampoco tengamos conciencia después de la muerte, y la vida en la Tierra queda reducida a un todo. Nacimos para ser percepción del universo pero también somos consecuencia física: no nacimos por ninguna razón en especial. Los habitantes de la villa creen que nacimos para conseguir y merecer la amistad del ogro y que el objetivo de nuestras vidas es preservar su estirpe interactuante. Le asignan esa función genética. Si entre ellos nace un individuo que no quiere al gigante ese producto no pasa el control de calidad. Su sangre no sirve, dicen. No funciona como un glóbulo. ¿Se imaginan un organismo sin defensas? Es el equivalente a una sociedad sin defensas. Los habitantes de la villa son acomodados en viviendas parecidas a establos porque llevan a cabo una labor de crianza sanguínea, son la especie a desarrollar. De los demás es necesario prescindir. El resto tiene que vivir sin el ogro. Su vida, por contraste, no debe ser exitosa, feliz, productiva. Si es su voluntad que lo sea, esa voluntad encuentra una energía contrastante, porque el ogro también tiene poderes sobrenaturales. O si no los tiene, alguien con poderes le ayuda. La vida de los disidentes se ve complicada por la negatividad ambiental y enfrenta serios problemas para reproducirse. Debe carecer de sentido, porque buscarle otro sentido a la vida aparte del establecido por el ogro es una locura. Un día llega un viajero a la villa y pide hablar con el líder y le dice: Mi país se ha hundido en el mar, soy el único sobreviviente, quiero vivir en tu comunidad. Tengo entendido que hay que trabajar para un gigante… Así es, le contestó el alcalde, y los puestos para el servicio de su persona ya están ocupados, lo mismo los puestos de labranza y el comercio. Pero necesitamos una persona que lleve historias. Nosotros trabajamos encadenados a nuestro sitio y no podemos alejarnos mucho. Sería de gran utilidad alguien que nos tenga al corriente de lo que ocurre. Me parece perfecto, dijo el extranjero, que era ante todo una persona muy social. Empieza por contarnos tu historia. Tuve una infancia muy feliz al lado de mi madre, dijo el viajero, ella era muy buena y sólo se casó una vez… No, no no, le interrumpió el alcalde, no queremos oír las virtudes de tu madre sino sus defectos, sus vicios. Mi madre no los tenía, dijo el buen hombre. Pues invéntalos, aquí sólo aceptamos a los habitantes que desprecien a su madre, amonestó el alcalde. El extranjero recordó que al lado de su casa vivía una mujer que llevaba una vida execrable e inmoral y comenzó a narrar la historia de esa mala mujer como si se tratara de su propia madre. ¡Bravo!,  aplaudió el alcalde. Y el viajero se dedicó a ir de casa en casa contando su historia y llevando las historias de los demás, quién se casaba, se peleaba, se divorciaba, quién se metía con alguien, quién había robado o roto algo, todos los chismes de la población los sabía al dedillo. La gente lo apreciaba cada vez más a pesar de que no tenía una actividad productiva, era como un periódico ambulante. Un día, cuando pasó a recoger su salario a la oficina, el alcalde le dijo: tenemos reservada una sorpresa para ti, queremos que te cases, y le presentó a una mujer grande y gorda, más grande y gorda que el viajero. Se casaron por el civil y cuando salieron de viaje de bodas al monte la mujer comenzó a abofetear sin razón a su marido. Pasado este arrebato sinsentido el matrimonio se consumó. Y eso era diario. Un día el viajero se presentó en la alcaldía y le dijo al líder: mi matrimonio no me gusta, mi esposa me pega sin razón, la situación es desventajosa para mi. ¡La situación es desventajosa para todos!, regañó el alcalde. Si tu esposa te pega es por órdenes del gigante, aquí todos trabajamos para el gigante, él paga los salarios, te lo advertí desde un principio. Entonces el extranjero volvió a su domicilio dispuesto a soportar las bofetadas. Algo que debes cuidar con extrema atención –decía el alcalde-- es la existencia de libros. En nuestra villa no debe haber cultura, educación, arte, progreso, esas cosas innecesarias que la gente valora. Por favor echa un ojo cuando salgas a hacer tus visitas. Y el extranjero fue caminando de casa en casa y aquí le daban de comer, allá le ofrecían bebida de frutas o té, eran felices en su presencia, decían que era la voz del ogro. Al llegar a una finca muy humilde notó que en el rincón del patio un grupo de niños jugaba a la escuelita y un niño más grande enseñaba a leer a los demás. El visitante disimuló lo mejor que pudo, cumplió su encomienda, dejó el dinero que le correspondía a esa familia  y se marchó. Y así continuó el resto del día, llevando mitotes y salarios. Al poco tiempo fue detenido por los guardias y llevado ante la presencia del alcalde. Has descubierto una escuela secreta y no la has denunciado –le dijo el líder--. Olvidaste tu deber. Mereces ser expulsado de la villa. Señor alcalde, le juro que yo creí que esos niños estaban jugando. Deme una oportunidad más y le diré donde existe una biblioteca de verdad. El extranjero condujo a un grupo de guardias por las calles más alejadas y descubrieron una biblioteca en una casa abandonada donde la gente entraba libremente, devolvía los libros leídos  y se llevaba otros sin necesidad de un bibliotecario. Los libros fueron confiscados y el extranjero recibió la concesión de seguir viviendo con su esposa en la villa, de otra manera hubiera sido expulsado a las montañas y en las montañas las bestias se comen vivos a los moradores. Por otra parte el gigante mismo organizaba partidas de bárbaros para que combatieran a sus enemigos, los hombres libres. El extranjero se esforzaba pero no era feliz y la razón de su infelicidad era su esposa que lo golpeaba, y el motivo por el que lo golpeaba eran las órdenes del ogro. Viviríamos mejor si el gigante cambiara su política o en su defecto, si el gigante muriera, repetía. Y era un hombre muy bueno sin asomo de maldad pero la idea de vivir sojuzgado de tan cruel manera le traía a la mente todo tipo de pensamientos siniestros porque él procedía de un lugar donde los hombres eran libres, instruidos, progresistas. ¿Cómo deshacerse del tirano y llevar la libertad a los habitantes de la villa, y con la libertad la educación y con la educación el derecho a trabajar para sí mismos y a prosperar en tal actividad laboral, a casarse por amor con la mejor opción disponible y a criar hijos en el mejor de los escenarios posibles? Sin embargo el que todo lo sabe le dijo al oráculo, y el oráculo le dijo al ogro, hay entre tus súbditos un enemigo que quiere librar la villa de tu dominio y quiere implantar la libertad y la educación como filosofías. Al saberlo el ogro enfermó de ira y quiso devorar al humano traidor pero no pudo determinar quién era exactamente. Mandó aprehender al alcalde y le dijo, si no me entregas al humano traidor el que morirá eres tú. Y el alcalde le respondió, no sé de qué me hablas. Y el ogro lo aplastó de un pisotón como si fuera un grillo y preguntó quién era el extranjero. El jefe del ejército le dijo: es un sobreviviente que trabaja enteramente a tu servicio y que casó hace poco con la mujer que tú indicaste. Fue el que denunció la existencia de la biblioteca. ¡Ahhh sí!, dijo el gigante, lo nombro alcalde de la ciudad y le entrego las llaves de las prisiones. El extranjero se puso a revisar los servicios al ogro e hizo lo posible por mejorarlos en cuanto a alimentación, aseo, vestido. Fabricó vino en cantidades industriales que el gigante gustaba beber a borbotones para después tirarse a dormir en el valle pues nunca hacía nada, era completamente invencible. Una vez llegó una giganta a la villa, era joven y de buen carácter y pareció congeniar con el ogro. Rápidamente se adaptaron el uno al otro y cuando menos lo esperaban, ebrios de champán,  ella quedó encinta. La descendencia del ogro estaba asegurada y los habitantes de la villa no tenían por qué preocuparse. Para distraerse eran puestos a follar, a veces con mujeres, a veces con hombres, a veces con animales, era muy divertido. Todo parecía ir bien pero el extranjero estaba harto de los bofetones que le propinaba su señora. Tenía el rostro teñido de hematomas y las mejillas hinchadas como si hubiera participado en una riña. Esas marcas eran su pasaporte. Una vez había una fiesta en la villa que  consistía en un concurso para ver quién hacía las mejores tonterías. Uno a uno fueron pasando los habitantes al centro del círculo y ya se cercenaban un dedo, ya se dejaban caer desde las alturas, se golpeaban los unos a los otros, se prendían fuego, se echaban agua sucia o salían disfrazados de asnos… Nada parecía divertir al gigante que tenía una modorra espectacular ya que le habían suministrado un narcótico en su café. Aprovechando que la atención de los vigilantes estaba concentrada en otro asunto, el extranjero huyó a las montañas y para protegerse de las bestias liberó a dos presos, les dio las armas de la alcaldía y salieron de la villa escondidos en una carreta cubierta de paja. En la montaña se pusieron en contacto con los disidentes y se refugiaron en cuevas, instalaron trampas para los leones y las grandes aves que arrojan fuego por las fauces, trampas para los bárbaros, cultivaron y defendieron la tierra empinada, incluso casaron con las habitantes de  los riscos. La mala racha que inevitablemente acompañaba a los montañeses, la mala vibra, parecía haber disminuido su intensidad con la llegada del fuereño. El ogro nombró a un nuevo alcalde y la bruja del pantano le regaló el abrigo de la invisibilidad hecho con piel de oso. El gigante se dio cuenta y preguntó qué era eso. La bruja le respondió, es un abrigo que vuelve invisible a quien lo usa, su señoría. Me gusta, dijo el gigante, en estos tiempos debe uno vestir a la moda y al mismo tiempo andarse con cuidado. Y mandó a la bruja que ajustara el abrigo a su talla. Hazlo amplio para que pueda abrigar a mi familia. Entonces la bruja mandó comprar osos viejos a todos los circos y gitanos del mundo y con sus pieles cosió tres abrigos inmensos como carpas y los bañó en una sustancia mágica hecha de almizcle que cocinó en doscientos peroles al fuego. Antes de portar el suyo, el ogro emitió un decreto: No me verán nunca más sin embargo seguiré por siempre entre ustedes. Deberán obedecer las reglas como si estuvieran en mi presencia. Se ha construido una iglesia en el centro de la villa la cual deberán visitar con regularidad, postrarse y adorar lo que hay en el altar. La comarca se mostró contenta con la idea de tener una iglesia pero cuando acudieron al servicio notaron que en el altar y como centro del rito había una popó. De la noche a la mañana se habían convertido en adoradores de la mierda. Algunos creyeron que el gigante se había marchado y se pusieron a desobedecer sistemáticamente las reglas tiránicas y a querer sustituirlo en sus funciones pero fueron lanzados contra la pared con fuertes gaznuchos, quedando los cuerpos destrozados en el suelo por única explicación. Los bárbaros tomaron la villa e intentaron el saqueo pero fueron aplastados por pisotones invisibles. No cabía duda, los ogros seguían en el pueblo y estaban al tanto de todo. Uno de los montañeses visitó en secreto la villa, notó que los gigantes ya no estaban y preguntó a un tendero, ¿los ogros se fueron? Dijeron que no los volveríamos a ver, respondió el hombre. Al regresar a la montaña trasmitió a sus compañeros la noticia, los monstruos habían abandonado la región y los bárbaros habían sido aniquilados. Los disidentes organizaron una expedición de regreso y entraron por el arco del triunfo llevando como estandarte una paloma blanca atada de una pata y formaron su propio asentamiento en las orillas. Era la colonia de los liberales. Poco a poco se fueron integrando a la sociedad, trabajando como albañiles, carpinteros, barrenderos, pero había algo que los diferenciaba del resto, nunca habían oído hablar de los abrigos de la invisibilidad y eran personas muy realistas, sólo creían lo que veían. E hicieron una gran fiesta. ¡Pasó el peligro, pasó el peligro!, coreaban los chiquillos. Pero el peligro no había pasado, sencillamente ya no se apreciaba con los ojos.  A los habitantes no les estaba permitido hablar de los ogros, mucho menos mencionar los abrigos de la invisibilidad. La pena para el que no respetara el secreto era la muerte. Poco a poco el secreto fue volviéndose más importante que los ogros mismos. Servía para diferenciar a locales de foráneos. El secreto era una especie de marca natural con la que nacían y fue contaminándose y deformándose paulatinamente con las distintas versiones que circulaban. El ogro no permitió que se confeccionaran otros abrigos como el de él y mandó quemar a la bruja. Al extranjero nadie lo reconoció porque le había crecido la barba y el pelo y se parecía más a los montañeses. Una vez fue con el zapatero y en el camino se topó con una pareja de novios. Los saludó al pasar pero los novios no respondieron ni se movieron un centímetro. Parecían figuras de porcelana. Al llegar con el zapatero, el viejo y su ayudante estaban encorvados trabajando en sus bancos y no prestaron atención a las palabras del cliente que dejó las botas sobre el mostrador y se marchó sin obtener respuesta, molesto por la descortesía. De regreso saludó a un anciano sentado en una silla pero el viejo aparentó no escuchar. Los habitantes de la villa se mostraban recelosos. Por nada del mundo querían equivocarse. El miedo se les veía en la mirada. Cada vez que los disidentes les dirigían la palabra se topaban con una estatua de mármol. El silencio era una especie de muro que impedía su incorporación completa a la sociedad, y otro detalle que acentuaba las diferencias era que los disidentes no iban a la iglesia, no estaban de acuerdo en postrarse delante del altar. Decían que era posible vivir sin eso y en consecuencia sufrían grandes penurias. Los gigantes engendraron otro hijo que cuando creció ya no tuvo abrigo invisible ni bruja que le cosiera uno. Pasó a ocupar la plaza pública y a hacerse servir por los demás. En cuanto tuvo uso de razón se puso a devorar liberales crudos uno tras otro pero éstos le dieron vino y se volvió tan afecto a él que bebió y bebió y no pudo dejar de beber hasta que murió de cirrosis. Sus antecesores jamás quisieron quitarse el abrigo invisible y se desconoce el tiempo y el lugar exacto de su muerte. La popó fue cubierta con un manto precioso y poco a poco fue convirtiéndose en secreto lo que escondía el altar de esa iglesia al grado que se volvió más importante el secreto que la popó. Con el tiempo la popó también fue retirada pero el plato y el cajón cubierto con el manto bordado en oro fueron dejados en su sitio y continuaron siendo objeto de culto y llegaron a simbolizar los más altos ideales de la fe religiosa. La palabra “popó” fue convertida en “cucaracha”, una figura que consiste en hablar de las cosas sin nombrarlas.

 

 
 
 
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